Últimamente, en mi ritual matutino justo antes de que salga el sol, me gusta revisar las redes sociales populares. No solo porque soy humana y curiosa, sino porque también soy tía de adolescentes, hermana mayor, amiga y, sobre todo, una persona en constante búsqueda de respuestas. Respuestas que, con cada día que pasa, parecen multiplicarse en lugar de resolverse. Y aunque sé que no las encontraré en un video de TikTok o en un hilo de Twitter, no deja de asombrarme la cantidad de teorías que existen sobre cómo debemos relacionarnos, amar y comunicarnos.
Entre tendencias, consejos y guías para todo, he notado que cada vez hay más personas normalizando la toxicidad en las relaciones, disfrazándola de estrategias "infalibles" para enamorar o comunicarse con alguien. Desde la manipulación emocional hasta las fórmulas exactas sobre cómo responder mensajes para mantener el interés de alguien, todo parece estar diseñado para jugar un juego de control y poder. ¿Desde cuándo el amor se convirtió en una ecuación? ¿En qué momento dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en personajes de un guion preestablecido?
En TikTok y otras plataformas, abundan creadores de contenido que dan consejos "infalibles" para el amor, pero que, en mi opinión, solo deshumanizan a las personas y las meten en categorías reduccionistas: o todos los hombres son patanes, o todos son blandengues; o todas las mujeres estamos locas, o todas somos inalcanzables. Se nos vende la idea de que hay un método exacto para enamorar, cuando la realidad es que el amor no es una ecuación con variables predecibles. Y lo más irónico es que muchos de estos "expertos" no pueden presumir de una vida amorosa estable o plena. Entonces, ¿desde qué experiencia hablan?
Me resulta particularmente absurdo ver cómo se idealizan actitudes frías y calculadoras. Se nos dice que lo mejor es volverse inalcanzable, que es preferible romper corazones antes que permitir que nos rompan el nuestro. O que existen trucos para que alguien "se enamore de ti sin remedio". Pero, ¿Cuándo ha funcionado realmente eso? Y más importante aún, ¿a quién le estamos entregando el poder de dirigir la forma en que gestionamos nuestras relaciones y nuestras palabras?
Muchas de estas estrategias nacen del miedo a ser vulnerables. La gente prefiere jugar con las emociones ajenas antes que arriesgarse a que les duela. Y aunque podría ser fácil señalarlo como algo negativo, en realidad no creo que esté mal. Al final, somos personas heridas que buscan que la vida no nos duela más de lo que ya ha dolido. La vulnerabilidad nos asusta porque nos expone, porque implica soltar el control. Pero, ¿realmente estamos protegiéndonos o solo postergando el inevitable proceso de conocernos a nosotros mismos en el amor? Tal vez el problema no sea que no sabemos cómo amar, sino que estamos aterrados de hacerlo sin una red de seguridad, sin trucos, sin garantías. Amar sin certezas es una apuesta, pero la verdad es que siempre lo ha sido.
Hace poco, una amiga me contó que, para ahorrarse la pereza de generar conversaciones con sus ligues, delegaba esa tarea a ChatGPT. Y le funcionaba. Supongo que, al final, son herramientas que facilitan la vida y la hacen más ordenada. Pero, ¿qué tan genuina puede ser una conexión cuando dejamos que la inteligencia artificial o los consejos de desconocidos guíen nuestras interacciones más humanas? No es solo la IA. Alguna vez, en una salida con amigos, conocí a un hombre mayor con quien compartimos anécdotas sobre las apps de citas. En ese entonces, yo aún las usaba. Me contó que tenía una nota en su celular con respuestas prediseñadas a preguntas clásicas: su color favorito, sus gustos musicales, incluso sus sueños de infancia. Aunque eran respuestas suyas, la idea de automatizar su propia historia reflejaba un desapego emocional impresionante. Y me pregunté, ¿qué queda de nuestra esencia cuando automatizamos nuestras respuestas y emociones?
Tenemos más herramientas para comunicarnos que nunca antes, pero ¿realmente nos están ayudando a conectar? Salir con alguien implica un esfuerzo real, un esfuerzo que choca con la necesidad constante de estar pendientes de la vida de los demás a través de una pantalla. Interactuar cara a cara se ha convertido en una prueba de resistencia contra la distracción. Se supone que la tecnología debía acercarnos, pero a veces parece que solo nos aleja de nosotros mismos.
Nunca hemos tenido tanto contenido sobre relaciones al alcance de la mano. Hay miles de personas, de todas las edades, ofreciendo consejos sobre cómo enamorar, cómo reaccionar al ghosteo, cómo hacer que alguien se "arrepienta" de no haberte elegido. No todos son meros entusiastas buscando viralidad; también hay terapeutas y los famosísimos "coaches de vida" que intentan darle un enfoque más estructurado. Pero, ¿Cómo evitar que la información errónea caiga en manos equivocadas? Cada vez parece estar más mal visto sentir demasiado. Ser "intenso" se ha convertido en un insulto. La generación actual se esfuerza en sentir menos porque amar duele, porque vivir duele. Nos venden la idea de que hay que tener una armadura, de que es mejor ser inalcanzable que permitir que nos lastimen. Pero, ¿acaso no estamos diseñados para sentir?
La ironía es que, al intentar ser irresistibles, nos volvemos iguales a todos. Seguimos los mismos consejos, enviamos los mismos mensajes calculados, respondemos con las pausas exactas para parecer desinteresados. Queremos diferenciarnos, pero terminamos encajando en un molde que no nos pertenece. La paradoja de los “trucos infalibles” es que nos vuelven predecibles. Nos dicen que ser nosotros mismos no es suficiente, que hay que ser una versión optimizada, filtrada, modificada para encajar en el deseo del otro. Pero, ¿no es precisamente lo imperfecto lo que nos hace únicos?
Cada persona tiene su propia historia con el amor. Seguir recetas pre-hechas nos aleja de vivir la experiencia de manera auténtica. Lo que realmente construye relaciones sanas no es un truco, sino la compatibilidad, la comunicación honesta y el esfuerzo mutuo. Pero al final, yo tampoco soy una experta. Solo soy una simple humana en constante crecimiento. Y creo que de eso se trata: de crecer, de aprender, de equivocarnos y de amar sin un guion preestablecido. Porque si al final nos convertimos en personajes de una historia que no escribimos nosotros, ¿realmente estaremos viviendo el amor o solo interpretando un papel?.
--Amor Hdz.
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